Cuando se habla de calidad y de su aseguramiento, concluimos en la necesidad de «abrirnos paso» a través de una suerte de nube difusa y sombría. En la sociedad en la cual vivimos, los conceptos son mezclados y en reiteradas ocasiones con una falta de rigor intelectual y carencia de análisis crítico que, solo puede producir zozobra y desilusión en los integrantes de la sociedad. En la práctica, el nuevo día que nace no es necesariamente visto por los integrantes de nuestro país como una nueva oportunidad de luchar por nuevos logros y obtener el justo equilibrio entre el trabajo que realizamos y el compartir con nuestra familia y amigos de modo de avanzar hacia una sociedad más justa y equilibrada (sociedad organizada), la cual debe estar en forma regular y sostenida en un proceso natural y dinámico de mejoramiento continuo.
No somos un componente adicional, en un sistema cerrado, en consecuencia no basta hablar de nuestra sociedad como sí fuese un sistema aislado, el cual solo a través de las reglas del mercado interactua con sus vecinos en un proceso simple de balance entre lo que se exporta e importa. Alguien, podría suponer que basta con obtener una diferencia positiva en crecimiento a favor de su propio país y por que no decirlo, su propio bolsillo. Espero que las personas que piensan de esta forma sean un sub-conjunto cada vez menor y en extinción natural. En la sociedad del conocimiento, todos debemos orientar nuestras acciones a dar vida a un país más culto y con metas claramente establecidas, reconociendo que en el mundo actual y en el futuro cercano nuestras acciones deberán ser de mayor equilibrio y con una fuerte componente social. Debemos avanzar como un «todo ilustrado y capacitado» de modo de anticiparnos a los desafíos actuales y emergentes.
No bastan los falsos intelectuales y sus profecías basadas en una mitología oscurantista, es necesario consensuar una ruta óptima en la cual, el progreso llegue a todos, sin excepción, con un plan de acción dinámico y con una búsqueda permanente de liderazgos sanos y frescos. Debemos producir el cambio, desde un punto de vista intelectual y práctico, basados en fuertes y sólidas raíces culturales, de modo de asegurar el éxito de nuestra misión y visión en este mundo. Los tiempos de vida útiles de los seres humanos son relativamente cortos, siendo en consecuencia preciso que el Estado y el Sector Productivo «abran las grandes avenidas» al desarrollo y progreso de la nación y de sus habitantes. Cada una de las personas que constituyen la sociedad nacen y deben morir libres, dejando este mundo con la certeza del deber cumplido.
Esto no es producto de una quimera, es una obligación de todos nosotros, hacer que este «aparente sueño» sea para todos una realidad. Se crece solo cuando se es justo y sano, se quiere al prójimo cuando nuestras palabras son coherentes con nuestras acciones, se ama cuando se es capaz de dar hasta que duela de verdad. El dolor de nuestros semejantes es parte nuestra, de modo que es aconsejable buscar caminos razonables de solución a nuestras divergencias y de esta forma robustecer y dar claridad a nuestra sociedad.
No es prudente y menos inteligente, continuar por el camino del no retorno, tampoco es razonable suponer que los que nos rodean son vulnerables frente a «seudo inteligencias» de personas, por definición débiles que aspiran a asfixiar a los demás con una suerte de «nube tóxica», la cual impida que nos demos cuenta de sus tristes realidades. El momento del re-encuentro está a la «vuelta de la esquina» de modo que dejemos que nuestro «ángel bueno» guíe nuestro camino e impidamos que la codicia, avaricia, gula y desórdenes intelectuales prevalezcan sobre nuestros valores y principios. La «dedocracia» es propia de los seres humanos débiles y divergentes de un modelo de sociedad justa, libertaria y creativa. De igual forma, la meritocracia es un seductor e impulsor de pensar en grande y lograr índices de desempeño de alta exigencia que, nos permita vivir el presente y el futuro con alegría y optimismo.
Lleguemos a nuestros hogares contentos y volvamos a nuestro trabajo con la certeza del deber cumplido.
Autor: Roberto Acevedo
